
La sonrisa profana de los años tempranos,
inocente emoción de lo impensado,
lágrimas secas en ramos agitados;
la súbita premonición de un tiempo acabado.
Las manos se enredan asustadas,
angustia que convierte la mañana helada,
brisa que mueve como hojas las pestañas;
un alivio, de una tristeza acallada.
Los ojos ven al sol como reloj de arena,
el tiempo es corto pero parece valer la pena,
de pétalos y flores, pequeñas secuelas,
de la entrada tardía de mi primavera.
El corazón no desata su nudo enredado,
todavía espera si no florecen los nardos,
o recoje las hojas que en el suelo se han secado;
los frutos amados, dejaron un sabor amargo.
La sonrisa, el corazón, los ojos y las manos;
un ser que tiembla al cambiar su vestimenta,
aveces duele, y en poco volverá la tormenta;
despúes de los ruegos, la primavera, llega;
y si le agrada, se queda.
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